Ataques a la Iglesia por: el sacerdote Carlos Dorado
Me quiero referir en este artículo a los distintos ataques y persecución que está sufriendo la Iglesia en estos últimos años, que se volvió mas intenso en este último tiempo donde, a mi parecer, tiene por objeto debilitarla y restarle cierto prestigio para que le sea costoso funcionar como “conciencia moral” de toda la humanidad. Porque bien sabemos que no hay otra institución que se le asemeje y que desempeñe ese rol espiritual que tiene nuestra Madre Iglesia.
En estas líneas no quiero eximir a la Iglesia de algunos casos que sucedieron realmente, por algo pidió perdón el Papa Benedicto XVI en su carta enviada a la Iglesia de Irlanda. Pero ante todos estos acontecimientos, en el que algunos se alegran porque atacan a la Iglesia, quiero compartir unas reflexiones que nos puede ayudar a abrir los ojos, es decir, que nos tiene que llamar la atención y preguntarnos porqué tanto ensañamiento con una institución que tiene dos mil años de existencia;
que marcó a la humanidad; que gracias a ella tenemos otras instituciones que ayudó y ayudan a la humanidad entera (universidades, hospitales, asilos, fundaciones, etc.); que tanto enriqueció en el pensamiento espiritual, filosófico, teológico, literario; que cuando se equivocan sus miembros se pide perdón por esas faltas; que ante las grandes catástrofes es la primera en prestar ayuda y no solo material sino espiritual y que incita a sus miembros a que “nos amemos los unos a los otros”… Por eso quiero compartir las siguientes reflexiones acerca de algunos (solamente algunos) sacerdotes que traicionaron su ministerio con los abusos a menores, de los ataques y persecuciones desmedidos que está sufriendo la Iglesia a través de estos sucesos:
1) Los abusados deben llevar las denuncias a los tribunales civiles, donde las condenas deben ser severas, mientras que la Iglesia, con tolerancia cero y transparencia absoluta, aplica penas canónicas, hasta la expulsión del estado clerical.
2) No son pocas las calumnias y las grandes exageraciones en este campo: por odio a la Iglesia; por resentimiento y molestia en muchos, porque la Iglesia no deja pecar tranquilo; por el dinero fácil que produce publicar escándalos reales o ficticios.
3) Es sabido que los porcentajes son impresionantes en sus proporciones: en cuanto a los niños abusados, menos del 1 % lo son por sacerdotes y mas del 99% los son por familiares o conocidos; y en cuanto a los sacerdotes abusadores, estos son menos del 1% y mas del 99% son buenos sacerdotes que cumplen bien su ministerio a favor del bien eterno y temporal de los hombres.
4) Si de verdad se ama a los niños y se quiere su bien ¿Por qué no se investigan abusos producidos por parientes y a las organizaciones dedicadas a la pornografía y a la prostitución infantil, reclutando menores, con raptos o compras en América Latina, para llevarlos a lugares ricos de Europa y Asia?
5) ¿Por qué no se alaba a la Iglesia y se la imita en su extremo cuidado y vigilancia frente a estos horribles males, y se la imita en promocionar y alentar de todas las maneras posibles los valores y virtudes contrarias en vez de atacarla?
6) Por qué los medios de comunicación, en vía de ser consecuentes, no ponen su inmenso poder en exaltar y ayudar de múltiples formas a la juventud en la castidad y en la salud sexual (ética y psíquica) en el matrimonio, en la vida familiar y en la educación? ¿O será que no les conviene porque van perder dinero, raiting y prestigio?
La Iglesia y la persecución del mundo.
Estos puntos anteriores nos pueden ayudar a entender cuando san Agustín, alrededor del año 400, escribía esta afirmación: “La Iglesia camina en la historia entre las consolaciones de Dios y las persecuciones del mundo”. Iglesia y mundo. Qué distintas son las actitudes de ambas.
Aparte de estas seis consideraciones también podríamos preguntarnos: Y ese mundo que persigue a la Iglesia y que tanto se jacta de los errores de Ella ¿Cómo es? ¿Qué solución propone? Por eso voy a responder a estos interrogantes diciendo que ese mundo que acusa a la Iglesia es un mundo donde al menos el 50% de los abusos sexuales se cometen en la propia familia. Un mundo que sólo en EE.UU. cuenta 39 millones de víctimas de abusos, y 290 mil casos en escuelas públicas cada década. Un mundo que en 1993 nombró “consultor” de la ONU a la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas (ILGA), entre cuyos miembros figuraban grupos pederastas como la Asociación Norteamericana por el Amor Hombre-Chico (NAMBLA). Un mundo cuyos tribunales legalizan a un partido holandés, el PNVD, que pide aprobar las relaciones entre adultos y niños. Un mundo que en Suiza distribuye preservativos de talla preadolescente por iniciativa gubernamental. Un mundo que en España abusa del 23% de las niñas y el 10% de los niños. Un mundo que acaba de aprobar en Gran Bretaña una ley para educar en sexo y relaciones a niños de 5 años. También podemos decir que el actual gobierno francés tiene como ministro de cultura a Frederic Mitterrand, que en 2005 publicó sus encuentros pedofilos en Tailandia… Y podríamos seguir enumerando las grandes “virtudes” que tiene el mundo pero por razones de tiempo y espacio no lo hago.
Con estos datos podemos decir “con razón tanta saña contra la Iglesia”; porque la Iglesia no deja pecar tranquilo como muchos quieren, y que cada error que se le pueda encontrar hay que remarcarle hasta que le duela.
“Si a mi me persiguieron, a ustedes también los perseguirán” dijo Jesus en la Ultima Cena. Hay que pensar que siempre persiguieron a la Iglesia, no es nada nuevo. Pero a pesar de las terribles persecuciones que ha padecido, en los dos mil años que lleva de existencia, siempre ha triunfado. No ha habido religión más perseguida, ni tampoco más victoriosa. Los grandes imperios y los crueles perseguidores han pasado, pero ella sigue en pie.
También hay que recordar que Cristo le prometió que duraría hasta el fin del mundo, y que los poderes del infierno nunca podrían vencerla (Mt 16, 18). La Iglesia podrá ser combatida, pero jamás será vencida.
La promesa de la protección de Cristo se refiere no sólo de los enemigos externos, sino también de los internos, como serían las desviaciones doctrinales.
Muchos perseguidores de la Iglesia han afirmado que acabarían para siempre con ella. Sin embargo, ellos fueron los que acabaron; no la Iglesia. Lo mismo ocurrirá con todos los perseguidores del presente y del futuro. Hay que recordar también que los emperadores romanos, Nerón, Decio y Diocleciano, martirizaron a miles de cristianos. Ellos tres están en la tumba, y el cristianismo sigue en pie dos mil años después. También Hitler y Stalin quisieron acabar con el catolicismo. Ellos están en la tumba, y la Iglesia Católica sigue en pie.
Lo mismo pasará con los que hoy combaten a la Iglesia en nuestra patria y en todo el mundo. Cristo ha prometido a la Iglesia que durará hasta el fin de los tiempos; y contra Dios nadie puede.
No quiero absolver a la Iglesia de algunos casos, solamente quiero que tengamos la capacidad y trabajo de estudiar ampliamente el tema antes de salir a hablar o culpar. Y no solamente en estos casos, sino en todos los demás temas.
Concluyo diciendo que la actitud nuestra, del católico, debe ser la de cumplir el mandato de Cristo: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen” (Mt. 5, 44). Que estas reflexiones nos lleven a rezar por ellos y por todos aquellos que vacilan y se dejan llevar ante estos ataques desmedidos que estamos sufriendo.
Carlos Dorado, sacerdote parroquia San Fco. Solano Bandera, Santiago del Estero







